Fuerza es imponer tu voluntad sobre otros. Poder es someter la tuya a Dios. Cualquiera puede gritar, manipular, controlar. Eso requiere músculo, no carácter. Pero dominarte a ti mismo, eso es guerra interna. Y esa guerra solo la gana quien camina en el Espíritu.
Proverbios 16:32 dice: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad”.
Conquistar una ciudad es impresionante. Pero conquistar tu temperamento, tus deseos, tu orgullo, tus impulsos, es más grande. Porque el enemigo más peligroso no está afuera. Está en tu pecho.
Dominar a otros te da control temporal. Te vuelves respetado por miedo, no por amor. Pero dominarte a ti mismo te da libertad real. Libertad de no explotar cuando te provocan. Libertad de no ceder a la tentación. Libertad de callar cuando tu ego quiere responder.
Gálatas 5:22-23 llama a esto fruto del Espíritu Santo: “dominio propio”. No es algo que produces tú. Es evidencia de que Dios vive en ti. Sin el Espíritu Santo, intentas controlarte y fracasas. Con el Espíritu, recibes poder para decir “no” a lo que te destruye.
Jesús es el ejemplo supremo. Tuvo todo el poder para bajar de la cruz, para destruir a sus enemigos, para reinar por la fuerza. Pero se dominó. Se sometió al Padre. Filipenses 2:8 dice: “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte”. Esa obediencia cambió la eternidad.
Así que deja de medir tu poder por cuántos te obedecen. Mídelo por cuánto obedeces a Dios cuando nadie ve. ¿Puedes vencer los vicios que te esclavizan? ¿Puedes perdonar sin que te pidan perdón? ¿Puedes callar cuando tienes la razón? Ahí se ve si eres fuerte o poderoso.
El mundo aplaude al que domina. Dios exalta al que se rinde. Y el hombre que se domina a sí mismo, bajo el control de Dios, es el que realmente transforma el mundo.
– Sembrando La Semilla
Juan Sanabria
(Editado parcialmente por un servidor)