(Tomado del libro El Bautismo y lo que significa ser miembro de una iglesia. Errol Hulse)
Sería correcto traducir las palabras «perseveraban en la comunión» como «perseveraban en compartir». La palabra griega _Koinonia_ quiere decir compartir, o tener las cosas en común. El hombre es esencialmente gregario. Los latinos poseen esta cualidad más que los sajones, pero aún en la sociedad occidental, con sus unidades familiares pequeñas y la influencia destructora de la televisión, el Internet y las redes que centralizan la atención sobre estos (requiriendo pasividad) en vez de sobre personas vivas (requiriendo participación), hay clubes y asociaciones de toda índole.
Los cristianos gozan de un compañerismo muy distinto del compañerismo del mundo. Desean compartir la vida espiritual en todos sus aspectos. Tienen una alegría que es impartida por el Espíritu Santo. Tienen sus cultos de adoración, sus himnos y sus actividades. Su fe se fortalece cuando comparten sus experiencias, planes, problemas y esperanzas. Si el entusiasmo de los cristianos no es más hondo y mayor que el entusiasmo del mundo, algo anda mal. El compañerismo cristiano incluye la presencia de Jesucristo, el cual dijo » donde haya dos o más congregados en Mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:20).
Esto nos lleva al asunto de la hospitalidad. ¿ Donde debe tener lugar esa forma de compañerismo? En la iglesia primitiva donde no había edificios eclesiásticos, los creyentes se reunían en sus casas. Hoy día parecería en algunos lugares que los edificios de un iglesia son los únicos en los cuáles se reunen los cristianos. Por otra parte, en la mayoría de los países comunistas, las reuniones en los templos se han suspendido debido a la persecución o infiltración de agentes o espías dentro de las iglesias formales. Bajo estas circunstancias, los creyentes han sido obligados a congregarse en sus hogares.
Cuando una persona se convierte en un cristiano, es porque su corazón ha sido abierto (Hech.16:14). Ha llegado a experimentar el gran don del perdón por gracia, y goza de una nueva vida. Todas las cosas son hechas nuevas. El hogar del creyente se abre al mismo tiempo que su corazón: como pasó con Lidia. El cristiano da la bienvenida a su hogar y a su mesa a otros creyentes, para poder compartir este gran Evangelio que transforma las vidas.
El cristiano pronto comprende que la gracia de Dios en la salvación no tiene límites. Personas de todas las naciones están siendo convertidas al cristianismo. Las barreras sociales se rompen para formar una nueva unidad espiritual. Las barreras de las nacionalidades y las distinciones de clases desaparecen ante la unión espiritual en la redención de Cristo. Como hermanos y hermanas, solos uno en Cristo Jesús, aunque seamos judíos o gentiles, aunque seamos siervos u hombres libres, barrenderos o abogados. Las barreras sociales han sido traspasadas. En vez de fraternizar con aquellos que comparten su propia condición social, los miembros de la iglesia deben en todo tiempo ser atentados a extender su amor y su presencia física a través de las fronteras para conocer y reunirse con aquellos que son diferentes en su modo de ser. Este compañerismo no debe ser confinado al local de la iglesia, sino también debe estimularse su práctica en los hogares. De esta manera, muchos que podrían sentirse descuidados o abandonados, serán recordados, y toda la iglesia se unirá más estrechamente en el vínculo de la paz ( Ef. 4:3).
Francis Schaeffer sugiere en su libro _La Iglesia al final del siglo XX_ (Ediciones Evangélicas Europeas) qué los cristianos deben abrir sus hogares a la comunidad y hace claro que en esto incluye drogadictos y aquellos que puedan tener enfermedades venéreas. Después de haber llevado a cabo esto él mismo, y siendo un líder de un centro que creció grandemente en Suiza (L’ Abri), en el cual se practicó el servicio de la hospitalidad a gran escala, el pudo, sin hipocresía, reprender a los cristianos por su actitud «cerrada». Nosotros desearíamos hacer la observación de que los hogares cristianos se cierran a los miembros de su propia familia espiritual, sus hermanos y hermanas en Cristo, bien podremos imaginarnos cuán cerrados se mantendrán estos cerrojos contra los «extraños». Sin embargo las Escrituras declaran que no debemos dejar de hospedar extraños (He.13:2). Hay una diversidad de dones espirituales, y pocos cristianos podrían siquiera aproximarse al don de los Schaeffer en su magnífico ministerio. Muchos están restringidos por las circunstancias, teniendo escasamente una habitación para vivir, mucho menos una casa para dar la bienvenida a otros. No obstante, todos los cristianos deben tratar de tener por lo menos la actitud correcta. Si no pueden invitar a otros a su mesa, deben pensar en contribuir ayuda práctica, bien sea en ayuda monetaria o en alimentos, a los que están dedicados a ofrecer hospitalidad a otros. Aquellos a los cuales el Señor no les da las facilidades de practicar la hospitalidad, muy bien pueden ejercer el ministerio inestimable de ir a visitar a los huérfanos y las viudas, los que se sienten solos, y los enfermos.
Existe una magnífica oportunidad evangelística mediante el uso adecuado de nuestros hogares. Es costoso. Puede ser un sacrificio considerable. Habrá desiluciones al ver la ingratitud de algunos. Pero el Señor indudablemente honrará a aquellos que demuestren su amor en una manera práctica. Y podemos confiar en esto: Si tenemos una vida comunal dinámica, en la cual se pueda ver que los cristianos tienen un genuino amor los unos con los otros, entonces estaremos más cerca del cumplimiento de la Palabra del Señor: » que ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que Tú me enviaste » (Jn. 17:21). En innumerables ocasiones, los cristianos que han abierto las puertas de sus hogares a la comunidad han sido instrumentos en el crecimiento de la iglesia local.