Los verdaderos hijos de Dios
Por el Pr. Juan Sanabria Cruz
Vivimos en un mundo plagado de odio y carente de valores. La maldad inherente a la naturaleza humana va en incremento, pero Jesús dijo que en medio de todo este caos los verdaderos hijos de Dios se distinguirían por ser pacificadores o, lo que es lo mismo, “personas que trabajan por la paz”.
Obviamente Jesús da por sentado que no todos los seres humanos son hijos de Dios sino aquellos que creen en Él y siguen sus pisadas. Con esto nos deja entrever que fuera de Cristo y fuera de la fe en él no hay hijos de Dios y que solamente son hijos de Dios los que creen en Jesús.
Sin embargo hay muchas corrientes de pensamiento y tradiciones cristianas que dicen ser la verdadera Iglesia de Jesucristo. Para ello Jesús dejó un distintivo (de entre muchos otros) para conocer a sus seguidores, y es que los suyos serían personas que trabajarían por la paz.
Sobre esta base podemos deducir que un verdadero seguidor de Cristo no es el que pertenece a tal o cual iglesia, sino que por encima de su denominación cristiana sirve a Jesucristo en su corazón como su Señor y sigue sus enseñanzas. Incluso puede haber alguna persona que se afilie a todas las denominaciones cristianas del mundo y aún así no sea un verdadero converso cristiano. De nada serviría pertenecer a tal o cual confesión religiosa si Jesucristo no vive en el corazón.
Si los cristianos son aquellos que trabajan por la paz partiendo de la palabra de la cruz y del anuncio del Evangelio, debemos señalar como falsos cristianos a aquellos que hacen lo contrario y promueven el odio desde diferentes ángulos.
Un cristiano no odia sino que ama a su prójimo por encima de cualquier otro tipo de diferencia, y esto a pesar de que se pueda encontrar en las antípodas de sus ideologías.
Un verdadero cristiano que trabaja por la paz no maldice a su prójimo ni lo desprecia por motivo de raza, procedencia, ideología política, nacionalidad, religión, estatus social, nivel cultural o académico, etc. Mucho menos puede ser un pacificador aquel que se alegra del mal del prójimo, o muestra gozo y regocijo por el daño, enfermedad, tragedia o fallecimiento del que considera su enemigo.
Como dije antes, ser un pacificador no implica pensar igual, sino respetar la vida humana sabiendo que su prójimo ha sido creado a la imagen y semejanza de su Dios, el único Dios verdadero. Un pacificador no busca venganza, ni promueve el odio ni discursos de odio contra el prójimo.
Aquellos que trabajan por la paz tampoco maldicen a sus autoridades civiles por discrepancias ideológicas, sino que entienden que son puestas por Dios y deben orar por ellos a pesar de sus muchos errores.
Aquellos que trabajan por la paz pueden manifestarse pacíficamente en contra de las causas que considera injustas según su conciencia, pero nunca se juntarán con los que promueven la delincuencia callejera o van destruyendo mobiliario urbano, o agrediendo a los agentes de la autoridad.
Aquellos que trabajan por la paz no levantan muros sino que tienden puentes y aprenden de Dios que tendió sobre nosotros el más grande de los puentes, que es su propio Hijo Jesucristo para que por medio de Él pudiésemos volver a Su presencia.
Aquellos que trabajan por la paz no promueven la violencia verbal ni física insultando o agrediendo al prójimo sino que, aún en la mayor de las discrepancias, se muestra respetuoso y busca el diálogo hasta donde sea posible.
La tolerancia del mal es parte del mal, pero ese mal no se combate con el odio sino con el bien, la oración, la evangelización, el diálogo, el servicio y siendo ejemplos que nos haga dignos de imitación.
Sobre esto el apóstol Pedro, en referencia al único Rey y Cabeza de la Iglesia Cristiana, nuestro Señor Jesucristo, escribió lo siguiente:
1 Pedro 2
19 Porque es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren injustamente.
20 En efecto, ¿qué gloria habría en soportar el castigo por una falta que se ha cometido? Pero si a pesar de hacer el bien, ustedes soportan el sufrimiento, esto sí es una gracia delante de Dios.
21 A esto han sido llamados, porque también CRISTO PADECIÓ POR USTEDES, Y LES DEJÓ UN EJEMPLO A FIN DE QUE SIGAN SUS HUELLAS.
22 El no cometió pecado y nadie pudo encontrar una mentira en su boca.
23 Cuando era insultado, no devolvía el insulto, y mientras padecía no profería amenazas; al contrario, confiaba su causa al que juzga rectamente.
Poco importa el nombre de la confesión religiosa que se profesa si la base y el fundamento no es el amor de Cristo y Su Evangelio. Allí donde se promueve el odio no está Dios, y tampoco están los que trabajan para la paz y que son reconocidos como hijos de Dios.
1 Pedro 3
8 En fin, vivan todos unidos, compartan las preocupaciones de los demás, ámense como hermanos, sean misericordiosos y humildes.
9 No devuelvan mal por mal, ni injuria por injuria: al contrario, retribuyan con bendiciones, porque ustedes mismos están llamados a heredar una bendición.